Todas las startups que conozco tienen doce valores y nadie es capaz de recitar más de dos. Adam Delehanty 👻, que dirige la agencia de ghostwriting Ghost, explica muy bien esa distancia en su conversación con Luba Yudasina en The Luba Show.
Los valores escritos por consenso acaban siendo diez o doce porque “nadie dijo que no”. Su remedio es entrevistar a decenas de personas y preguntarles cuáles se viven de verdad, y si nadie se comporta así, “no puede estar en la pared”. De esos doce, lo que quieres son los cuatro que son verdad.
Me gustó ver cuánto de su trabajo resulta ser quitar. Él sitúa el punto de ruptura entre las 200 y las 1.000 personas, cuando la cultura empieza a disolverse. Yo lo pondría antes. En CARTO lo notamos bastante por debajo de cien, en el momento en que se abrió la segunda oficina y los fundadores dejaron de estar en todas las salas.
Así fue, más o menos, como llegamos a nuestros “shared habits”. No queríamos valores, la palabra sonaba a póster. Queríamos proteger comportamientos que ya teníamos mientras contratábamos a gente que no había vivido los primeros años, y el proceso consistió sobre todo en tirar cosas. Nos quedamos en cinco (nunca se me dio bien recortar).
Escritos, parecían una lista como cualquier otra. Lo que los hacía nuestros era la letra pequeña. “Support each other” iba en realidad de buen humor y de dar las gracias. “Speak openly” venía acompañado de “act in good faith”, porque habíamos aprendido a golpes que la honestidad sin eso es crueldad con un proceso. Y debajo de los cinco había una frase que todavía me gusta más que cualquiera de ellos, “we travel light”: sin ego, sin política, sin secretos, sin desperdicio, y normas antes que reglas.
Aguantaron porque llevaban rituales pegados, el Leapfrog de los viernes por la tarde, un townhall cada dos semanas, el summit de otoño. Sin ellos, los cinco se habrían quedado en una diapositiva.
Las compañías que he visto desde entonces con una cultura que funciona nunca tienen una lista larga, y la lista siempre parece un poco rara vista desde fuera, porque la escribió la gente de dentro para la gente de dentro. Un valor como “excelencia” es uno por el que nadie se peleó nunca. Los buenos llevan una cicatriz.
Hace unos días estuve con Juan Margenat, de Marfeel, y me trajo de vuelta los decks de sus all-hands de los primeros años. En uno había un “Love Score”, una nota de felicidad y de fidelidad para cada cliente, para que customer success supiera dónde gastar sus horas, y una página de ventas que decía “reglas claras (y sin excepciones)”. Nadie llamaba a eso cultura, era el all-hands y ya. Los valores verdaderos suelen estar ya en los documentos con los que se opera, y el trabajo consiste en encontrarlos ahí y recortar el resto.
Estoy haciendo este ejercicio otra vez, desde cero, con un equipo fundador que todavía cabe alrededor de una mesa grande. Mi apuesta es que acabaremos con cuatro o cinco principios, cada uno con su cicatriz, escritos por la gente que tiene que vivir con ellos, y que dentro de un año seguiré recortando.
We travel light, o al menos lo intentamos.
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