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Emprender a golpes

Blog personal de Miguel Arias sobre emprendedores, startups, inversiones, ecosistemas y tecnología

La reunión de la transición

octubre 30, 2026 por Miguel Arias Deja un comentario

Llevo varios años teniendo una misma reunión. Cambia la persona, a veces cambia el café, pero la reunión es la misma. Imagino que empezó porque he cambiado muchas veces de entorno laboral, a lugares muy distintos del anterior. Yo creo que comenzó al salir de CARTO y siguió con compañeros de Telefónica que dejaban la compañía y venía a verme antes de irse, o justo después, y con el tiempo quizá se corrió la voz y aquello se convirtió un poco en un paso iniciático de la salida. Luego empezaron a llegar otros perfiles, amigos de amigos, en fase de transición. Y la reunión se fue puliendo sola, a base de repetirla y de que muchos de los que pasaron por ella me devolvieran piezas que yo no tenía. A todos ellos les debo buena parte de lo que viene ahora.

Buscar trabajo es un trabajo

Lo primero que les digo, y lo digo siempre, es que buscar trabajo o proyecto nuevo es un trabajo en sí mismo. El periodo de transición no es un paréntesis ni unas vacaciones mal disfrutadas, es una tarea laboral, con sus horas, su método y su procedimiento. Y encima es un trabajo bastante ingrato, porque en el fondo es un rol de ventas en el que estás muy abajo en la cadena trófica. Has perdido parte de tu red, la que venía con la tarjeta, y sueles llegar a ese momento en un estado anímico que, siendo generosos, llamaremos complicado. Vender cuando no tienes ganas de vender y cuando lo que vendes eres tú.

Qué no quieres que cambie

Hay una pregunta inicial que hago para empezar la conversación cuando alguien me dice que quiere cambiar. iItento averiguar qué es lo que no quiere que cambie. ¿La ciudad? ¿El país? ¿La función? ¿El tipo de trabajo? ¿El tipo de gente? Fijar las condiciones de contorno quita grados de libertad, y eso suma, porque un cambio con demasiados grados de libertad se vuelve inabordable.

La estadística está de tu lado

Para afrontar esta etapa tenemos por suerte un consuelo es matemático, la estadística está de nuestro lado. Cualquiera que lleve unos años de carrera, incluso alguien que esté empezando, conoce a unas cuarenta personas que son antenas. Gente conectada, gente que accede a sitios a los que tú no llegas, gente que recibe señal de mercados y oportunidades. Cuanto más alto el nivel, mejor, claro.

Tus 40 antenas, as 40 de cada uno y la oportunidad

Y aunque es muy probable que ninguna de esas cuarenta personas tenga el rol o la oportunidad que tú necesitas. También es cierto que cada una de esas cuarenta conoce a su vez a otras cuarenta, y en ese segundo círculo, en esas mil seiscientas personas, la oportunidad existe, con una probabilidad que roza la certeza. El trabajo real no es llegar a las mil seiscientas, tarea imposible. El trabajo es conseguir que, cuando una de tus antenas esté hablando con una de las suyas y surja la conversación que te encaja, se acuerde de ti.

Esto me lo contó Alexis Bonte en un momento de cambio y me sirvió mucho!. Conviene no olvidar quién te dio las ideas que luego te sirven.

Afilado, no redondeado

Y para que se acuerde de ti hace falta el segundo principio, hay que estar afilado, no redondeado. Necesitas un perfil concreto, con aristas, algo a lo que tus antenas puedan agarrarse cuando te mencionen a un tercero. «Es una persona muy interesante, vale para todo, no sabe muy bien qué quiere hacer pero está buscando algo, a ver si le encaja, por qué no quedas con ella a tomar un café?» no ha colocado a nadie en la historia. La ayuda genérica nunca funciona. En cambio, «le gusta mucho la analítica de datos, ha hecho estos proyectos en una compañía relevante y además tiene experiencia en la parte geoespacial en una compañía puntera como XYZ» sí puede funcionar, porque de repente alguien dice: pues justo necesito eso. Cuanto más afilado, más opciones.

Y esto no significa que no puedas ser poliédrico. Tienes que ser afilado en una sola cosa en cada conversación relevante, pero tener pensados varios perfiles que te gustaría desarrollar en esta nueva etapa y sacar uno u otro según con cuá de tus antenas hables. Lo que no funciona es sacarlos todos a la vez, que es como volver a ser redondo.

Afilarse tiene un paso previo es difícil de dar, y es separar lo que es tuyo de lo que era del cargo. Rodrigo Miranda contaba hace poco en un post una reunión con un directivo que decía que negociaba muy bien, y era verdad, pero negociaba con el peso de una compañía del IBEX detrás. Catorce años en la misma casa, sobre todo si la casa es grande, hacen que te devuelvan las llamadas y que te escuchen hasta el final. Una parte de eso es suya pero otra se queda en la oficina el día que se va. Yo era mucho más guapo en Telefónica y es sorprendente lo desnudo que te quedas cuando la luz del logo que llevabas en la espalda deja de brillar, y la mayoría no lo descubre hasta la tercera o cuarta llamada que nadie devuelve. Mejor hacer esa cuenta antes, en frío, y afilar solo sobre lo que de verdad te llevas puesto.

Me acuerdo de una directiva, estupenda, a la que apenas conocía, que llegó a la reunión con el discurso con el que llegan muchos: quiero ayudar, me gustaría hacer mentoring, estar en algún consejo, aportar. Lo más redondeado que uno puede imaginar. Y lo defendía con su propio currículum, «he hecho de todo en la compañía, he pasado por muchos roles, tengo un perfil muy amplio, valgo para muchas cosas». Todo cierto, pero no servía para encontrar un rol futuro, porque ninguna de sus antenas iba a poder repetir eso en una conversación sin que sonara a «busca algo, no sabe qué». Hablamos de afilarse, de elegir una o dos aristas y dejar el resto en casa, y se fue con esa idea, creo que no muy convencida. Unos meses después me escribió, había encontrado algo que la llenaba muchísimo, y era un rol muy operativo, con las manos en la masa, bastante lejos del mentoring y de los consejos con los que había entrado por la puerta.

Divergencia y convergencia

Tampoco hace falta tener ese perfil afilado claro desde el primer día. Al principio hay una fase de divergencia, en la que exploras y abres el abanico, y luego una de convergencia, en la que destilas tres o cuatro perfiles concretos que te pueden encajar. Lo que sí recomiendo es hacer la divergencia con poca gente, cuatro o cinco personas de más confianza con las que puedas tener varias conversaciones seguidas y que te ayuden a abrir horizontes, y cuanto más distintos sean entre sí, mejor. A las cuarenta antenas no vayas hasta que tengas esos tres o cuatro perfiles definidos. Si les llegas redondo, te devolverán ayuda genérica, y ya hemos visto adónde lleva eso.

La parte comercial

Buscar oportunidades es una tarea comercial, y el producto, en gran parte, eres tú. Tú, lo que has hecho y lo que puedes llegar a hacer, tu valor futuro. Así que cómo lo reflejas importa, y mucho más de lo que la gente cree.

Recuerdo la línea de vida, el currículum y el dossier que me enseñó hace años mi amigo Dimitris Bountolos. Eran de otro planeta. Me demostró que había un camino bastante más ambicioso que un currículum de dos páginas para contar quién eres, de dónde vienes y adónde vas, y que la gente que te recibe lo agradece, porque le ahorra el trabajo de imaginarse tu historia.

Yo acabé haciéndome la mía, inspirada en la suya. Os enseño una página del documento, que tenía mucha más información: arriba las fases de la carrera, por edad y por años, con el tema de cada ciclo, y debajo una fila por cada rol que has tenido, estudios, corporate, emprendedor, inversor, consejos, docencia, reconocimientos, con los logos en la columna de la época que les toca. Se lee en treinta segundos y cuenta más que un currículum, porque enseña el patrón y no la lista.

Mi vida profesional en una página

Si aceptas que esto es un trabajo comercial, lo demás viene solo, los artefactos que usas para vender importan, y el seguimiento comercial también. Hay que tener un CRM, aunque sea una hoja de cálculo, con todos tus contactos y un seguimiento en el que no te dé vergüenza volver cada mes o mes y medio a tus cuarenta antenas, y a las nuevas que vayas sumando, para contarles qué has avanzado y cómo has seguido afilando tus ideas. Así consigues mantenerte fresco en su cabeza, para que el día que una de sus antenas les diga que busca a alguien, el nombre que les salga sea el tuyo.

Y hay un artefacto más pequeño que la página, el blurb. Tres o cuatro líneas de quién eres y qué buscas, escritas para que tu antena las pueda reenviar tal cual, sin tener que resumirte, sin tener que pensar cómo te presenta, sin tener que buscar tu LinkedIn. Algo así:

«Te presento a Marta. Ha llevado operaciones y datos en dos scale-ups de logística, la última de 300 personas, y es muy buena montando el equipo de analítica desde cero. Está buscando un rol de COO o VP Ops en una compañía de entre 50 y 200 personas con producto propio, en Madrid o en remoto. Si sabes de algo, le encantará tomar un café.»

Fíjate en lo que no dice, no dice que vale para todo, no dice que está abierta a escuchar, no dice que le gustaría ayudar. Dice qué ha hecho, qué quiere y a quién le encaja. Y cabe en un WhatsApp. Todo el proceso comercial consiste en quitar fricción, cada paso que le ahorras a tu antena es una probabilidad más de que el mensaje salga, porque la gente ayuda cuando ayudar cuesta poco.

Tu tribu y tu área de exposición a la suerte

Hay otra versión de esta reunión, que va un paso antes. Me acuerdo de un amigo y compañero de CARTO, de los que llevaban muchos años batallando en las trincheras, que vino a verme buscando nuevos horizontes. No venía a buscar trabajo, venía a preguntar qué podía hacer para cambiar de perfil, para que dentro de dos o tres años lo que le llegara fuera distinto de lo que le llegaba entonces. Y lo que le dije que el trabajo de la transición empieza mucho antes de la transición, en ir encontrando tu tribu y en ir construyendo, poco a poco, una marca personal y un prestigio que sumen.

Él venía, como casi todos, de una visión cerrada, lo hago muy bien dentro de mi compañía, pero desde fuera no se ve nada. El cambio es empezar a compartir hacia fuera. Un blog, un podcast, LinkedIn, lo que sea, pero no para escribir de lo que escribe todo el mundo, sino de aquello de lo que tú sabes más que casi nadie, que siempre hay algo. Luego una charla, luego otra. Es un efecto compuesto, y lo sé porque es exactamente lo que me ha pasado con este blog durante más de catorce años: ningún post individual cambió nada, pero todos juntos han ido dibujando una imagen coherente de quién soy y de quién quiero ser, y esa imagen trabaja por mí cuando yo no estoy.

Con el tiempo esa persona se va abriendo, más meetups, más gente que la conoce por lo que ha escrito antes que por su tarjeta, y de ahí empiezan a surgir oportunidades por serendipia. No es magia. Cuanto más te expones, mayor es tu área de exposición a la suerte, y más probable es que ocurra esa colisión que te trae la oportunidad que no sabías que estabas buscando.

Es parecido a lo que pasa en el capital riesgo. A un inversor le bastaría con trabajar un solo día al año, si ese día fuera el de la reunión con el emprendedor o la emprendedora que va a montar el siguiente unicornio. Pero no lo sabe. Nadie lo sabe. Así que tiene que ver a cientos de personas, la mayoría de las cuales no le van a llevar a ningún sitio, para dar con el outlier que justifica todo lo demás.

Con las transiciones pasa igual: la reunión que te cambia la vida es una, pero no sabes cuál, y la única estrategia que funciona es ampliar la superficie de exposición a la suerte para que te toque.

Las intros

Y luego están las intros. No basta con tirar solo de puerta fría, sino buscar quién tiene en la mano un flujo continuo de oportunidades por el que puede pasar la tuya. Por ejemplo los inversores de capital riesgo, que son excelentes prescriptores para roles de gestión en compañías que crecen y descubren lagunas en el equipo fundador, los consultores estratégicos, la gente de recursos humanos, los headhunters. Y llegar a ellos desde una posición de fuerza ayuda, cultivar esa red cuando tienes más que ofrecer, no cuando la necesitas.

El teorema de las decisiones múltiples

Y cuando empiezan a llegar las oportunidades, que llegan, hay otra matemática que ayuda a decidir: el teorema de las decisiones múltiples, que durante décadas se llamó el teorema de la secretaria, nombre que no ha envejecido bien, la verdad. El teorema me lo contó hace muchos años Marek Fodor, y resuelve qué hacer cuando tienes una oferta casi ilimitada de plazas de aparcamiento, candidatos, y solo puedes quedarte con una. En el teorema N es infinito; en una búsqueda de empleo, quince o veinte opciones ya se parecen bastante al infinito.

El planteamiento es sencillo y bastante cruel. Las opciones te llegan de una en una, en orden aleatorio. Cada vez que ves una tienes que decidir en el momento si te quedas con ella o la dejas pasar, y si la dejas pasar no hay vuelta atrás, la oferta que rechazaste en marzo no te espera en junio. Y no sabes cuántas te quedan por ver. Creo que cualquiera que haya buscado trabajo reconoce el escenario.

Lo que te pide el teorema es que valores cada opción de forma independiente a medida que aparece. Y valorar significa algo muy personal, lo que esa oportunidad te hace sentir en el estómago. No depende de nadie más que de ti, pero tiene que ser una nota, un número, algo comparable con la anterior y con la siguiente. La primera es un 5, la siguiente un 6, luego un 4, luego un 6,5. Una vez has visto y puntuado el primer tercio de las opciones posibles (el 37%, para ser exactos, que es 1/e, como explica bien esta página), estás calibrado.

A partir de ahí, el teorema dice que la primera opción que supere a todas las anteriores, un 8 en el ejemplo, tiene un 37% de probabilidades de ser la mejor de todo el universo, que no está nada mal. Es decir, calíbrate al principio y, una vez calibrado, decide tranquilo en cuanto aparezca la siguiente opción mejor que todas las vistas. No hace falta esperar toda la vida.

Si calibras poco, te quedas con la primera que te parece buena y luego resulta que era mediocre, porque no habías visto suficiente mundo. Si calibras demasiado, la mejor de todas pasa por delante mientras tú sigues «explorando» y ya no vuelve. El 37% es el punto donde esos dos errores se equilibran, y la probabilidad de acertar es también del 37%. Con quince o veinte opciones, que es lo normal en una búsqueda seria, el cálculo dice que mires seis o siete sin comprometerte y luego vayas a por la primera que las supere. Y si no te empeñas en la mejor absoluta y te vale con una de las buenas, que es lo que de verdad quiere casi todo el mundo, puedes acortar bastante el calibrado. Nadie necesita el trabajo perfecto; necesita uno muy bueno antes de que se le acabe el ánimo.

Teorema de las decisiones múltiples

Un matiz importante, si dentro de ese primer tercio aparece una opción realmente buena, un 8 o un 9, tienes muchas papeletas para quedarte para vestir santos si la dejas pasar, porque es muy probable que no vuelva a aparecer nada mejor. A mí me pasó con CARTO, me llegó una opción demasiado alta cuando apenas había empezado a calibrarme, me salté el teorema y la cogí.

El runway personal

Hay una trampa en el teorema que no se me escapa, da por hecho que puedes esperar a ver las quince o veinte opciones. Y eso no es una variable matemática, es una variable bancaria. Tu N real es el que te puedas permitir y si tienes para seis meses, no vas a ver veinte oportunidades, vas a ver tres o cuatro, y tu fase de calibrado son dos. Por eso en la reunión, antes de hablar de notas de estómago, hablamos de dinero, que es de lo que menos le gusta hablar a la gente que acaba de salir de una compañía grande.

Las preguntas son dos. Cuánto tiempo puedes estar buscando sin que el miedo empiece a decidir por ti, que es tu runway. Y cuáles son tus condiciones de aceptación, cuánto estás dispuesto a bajar en lo económico a cambio de la oferta que mejor cumple todo lo demás, la gente, el proyecto, el sitio. Casi nadie lo tiene pensado, y por eso cuando llega una oferta buena pero más baja de lo que cobrabas, la decisión la toma el orgullo y no el criterio.

Y tan importante como el runway es el OPEX personal. Escribí hace años sobre la velocidad de escape y el fuck you money, y la idea sigue valiendo: cuanto más bajo es tu gasto mensual, menos tira la gravedad, y menos velocidad necesitas para escaparte y hacer lo que de verdad quieres. La gente que sale de una compañía grande con un OPEX de directivo tiene un problema que no es de talento ni de red, es de física. Cada mes de búsqueda les cuesta más, y eso acorta el N, y un N corto te empuja a coger lo primero decente. Bajar el gasto antes de empezar a buscar es la decisión menos glamurosa y la que más libertad compra.

Donde esto se vuelve de verdad serio es con los que no vienen a buscar otro trabajo, sino a dejar uno sólido para emprender. Cada vez son más, animados por el hype de la IA, y la conversación con ellos es distinta, porque aquí el runway no es cuánto aguantas buscando, es cuánto aguantas construyendo, que puede ser mucho más tiempo. Puedes tardar años en recuperar el nivel económico que tenías, si lo recuperas, y puedes perder todo lo que te has jugado. No lo digo para desanimar a nadie, lo digo porque casi nadie hace la cuenta.

Yo estuve dos años sin salario en IMASTE. Dos. Y pude hacerlo porque vivía con mis padres, a los que llegué a pedirles de vuelta la paga, con veintitantos años y una empresa, mientras mi novia me pagaba los vuelos para ir a verla a Fuerteventura. Tenía una gravedad muy baja con un OPEX de estudiante y gente alrededor que no me dejó caer y pude encontrar velocidad de escape. No es un modelo, es una confesión, pero explica por qué cuando alguien con hipoteca, dos hijos y un sueldo de directivo me dice que quiere emprender, lo primero que le pregunto no es por la idea, sino por los números de su casa.

Decidir del todo

Y una vez decides, hay que decidir del todo. Ruth Chang, filósofa, tiene una charla en TED, «How to make hard choices», que recomiendo en casi todas estas reuniones. Su punto de partida es que una decisión difícil no lo es porque seamos tontos o nos falte información. Lo es porque las dos opciones están a la par, cada una es mejor en cosas distintas y ninguna gana en conjunto. El trabajo tranquilo en la ciudad y el trabajo exigente en el campo, por ponerlo en sus términos. No son iguales, porque si lo fueran bastaría una moneda, y no es que una sea mejor y no lo veas. Están en la misma liga y juegan a cosas distintas.

El error habitual, dice Chang, es creer que ahí fuera hay una respuesta correcta escondida y que con otra hoja de Excel, otra conversación más, la encontraremos. No la hay.

Y eso, lejos de ser un problema, es una suerte, porque cuando las razones externas se agotan es donde entran las tuyas. Puedes ponerte tú mismo detrás de una de las opciones y decir: esto es lo que soy, esto es lo que elijo. Decidir convertirte en inversor, en emprendedor, en cambiar de sector, y a partir de ahí volcar toda tu energía en esa decisión porque es tuya, en lugar de pasarte los años comparándola con una vida que no vas a vivir. Chang llama «drifters» a los que no dan ese paso, a los que dejan que el sueldo, el miedo o la comodidad decidan por ellos y acaban con una vida escrita por otros. He visto bastantes, y casi ninguno era tonto. Simplemente nunca se puso detrás de nada.

Optimiza por la gente

También les digo a mis interlocutores, que a estas alturas ya están un poquito hartos de consejitos, que optimicen por las personas con las que van a trabajar. Gran parte de la felicidad en un trabajo viene de trabajar con buena gente que sea gente buena, que comparta tus principios, y con un jefe que te apoya y te acompaña. Aunque eso suponga perder poder adquisitivo al principio, compensa frente a optimizar por lo económico y acabar rodeado de gente tóxica. La mayoría de la gente que quiere cambiar, en el fondo, es porque no soporta a su jefe o a sus compañeros. Un buen ambiente y una organización sana valen más que la nómina.

El karma es un token

Hay una cosa que no suelo decir en la reunión, pero que para mí es evidente, todo esto tiene un componente muy fuerte de karma. Y el karma, tal como yo lo entiendo, es un token que se transmite, no algo que te vuelve. Nunca he ayudado a la gente que viene a verme esperando algo a cambio, pienso en realidad que ellos ayudarán a otros, y ese es el camino que quiero que siga avanzando. Mi único premio es que alguien me escriba meses o años después para decirme que ha encontrado algo que le gusta y que se acuerda de aquella conversación. Es muy gratificante. Les doy mi mejor hora, y siempre les aviso de que la segunda, en el segundo café, es mucho peor y casi no merece la pena.

El traje en el armario

Termino deseando mucha suerte a cualquiera que esté ahora mismo en una de estas. Yo he vivido unas cuantas, y conozco bien la sensación del día después, la bandeja de entrada que de repente se queda vacía, el teléfono que no suena, y esa pregunta que aparece en algún momento de la tarde, cuando ya no hay reuniones que la tapen, de quién eres tú ahora. Te das cuenta de que has vuelto a destruir un traje que habías tardado años en hacerte a medida, a veces sin querer y otras a conciencia, y que ese traje sigue en tu armario pero ya no sirve para nada, y que te toca, despacito, coserte uno nuevo.

I feel you. De verdad.

Estaré encantado de ayudar en lo que pueda, y si no llegas a mi agenda, espero que esto te sirva de algo. Mucha suerte.

Y empieza hoy, aunque sea solo con la lista de los primeros cuarenta nombres.

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Acerca de Miguel Arias

He is a venture capitalist investing in Internet based start-ups in Southern europe and Latam. General Partner at KFund

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