He tenido poco tiempo estas navidades para escribir mi reflexión anual con el leit motif del año y algunos propósitos.
Al 2024 le pedía poco, solamente más foco y más tiempo con los amigos, con un optimismo prudente. Pero esos signos de mejora en el horizonte que me parecía vislumbrar en enero de 2024, tuvieron dificultades para brotar durante todo el año.
La vida es un baile en constante de expansión y contracción, con transiciones a veces muy demasiado lentas y otras vertiginosas. Pensé que podía controlar ese ritmo, pero me ha sido imposible.
Han sido otros doce meses muy trabajados, un tanto abrasivos y con mucho peso en las entrañas, pero volviendo pasito a pasito al track del que nos vimos sacudidos como familia en el 2023. Aún no hemos llegado, si es que hay un destino, pero los golpes no nos tumbaron y nos hemos demostrado una capacidad de resiliencia tras dos años complicados, que ha fortalecido nuestra columna vertebral, aunque nos deje un poco torcidos ;).
Este año que empieza, lo bautizo como un año de decisiones o quizá el año del conflicto. Después de un punto de inflexión largo, toca marcar rutas para la próxima etapa y ser menos adaptativo que en el pasado.
He dejado que el mantra de hacer “las cosas que se esperan de mí” marque mi hoja de ruta y parte de mi felicidad. Esa rémora de niño empollón y conciliador se está convirtiendo en un lastre en mi vida adulta y este año voy a decir más que NO, y voy a apartarme de las cosas que me hacen sentir mal, aunque se caigan platos al suelo.
Evitar el conflicto crea una desconexión y separación con tu realidad y te convierte en una marioneta de los demás. Revelar tu verdad, lo que te importa y cómo te hace sentir, incluso si es incómodo, me permitirá estar más presente con lo que me rodea.
Leía el otro día el post de Vinay, co-fundador de Loom, y aunque me parece un ejercicio fascinante de honestidad y vulnerabilidad, me daba ganas de darle un bofetón de realidad y enfocarle en trascender a través de los demás. Ser padre es la mejor manera que se me ocurre, un regalo. En estos años difíciles he aprendido que aunque ya no ganaré el Best dad award que pensaba que tenía merecido, puedo ser orgulloso portador de una responsabilidad profunda que me llena de significado, y me da mis mayores tristezas y alegrías.
La lectura este año de Outlive, además de despertar mi hipocondría más allá de lo previsto, me ha obligado a bloquear para 2025 tiempo real en el calendario para hacer más deporte, tanto en zona 2 trotando por el retiro e intentando charlar con mi mujer, como en el gimnasio, descubriendo músculos escondidos en el body pump para hacer más ejercicios de fuerza.
Además voy a mejorar mi nivel de golf (eso es fácil) y de padel pasando tiempo de calidad con amigos y viajando un poco más por ocio, con la gente que me da energía positiva, con menor esclavitud del viaje de negocios.
Toca seguir creciendo como inversor, manejando las incertidumbres y tensiones psicológicas que lleva aparejado ser responsable del dinero de otros, y vivir las montañas rusas en paralelo de todo un portfolio de startups.
Y me propongo poner límites a mi uso de las redes, que sólo me activan el cortisol y me hacen ver un mundo polarizado y superficial, que no es la realidad que quiero vivir. Sobre todo en este nuevo mundo de extremos, donde no te dejan estar en medio y ver bondades y desastres a ambos lados.
He empezado 2025 mejor que el 2024, y con este nuevo mantra de vivir más cercano a mis valores, sin buscar reconocimientos, dinero o éxito, me siento con más energía y con ganas de empezar proyectos cercanos a las cosas que me importan.
La vida es maravillosa, con todas sus imperfecciones y no tiene que ser tan complicada.
Por un 2025 más ligero.
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